viernes, 10 de agosto de 2007

17 días en el ¿Seguro? Social

No sé bien cómo comenzar a escribir estas líneas, debo decir que ha sido un verdadero descuido de mi parte no documentar todo lo que ha pasado estos últimos 17 días que tuvimos acceso al sistema nacional de salud, a través del Instituto Salvadoreño del ¿Seguro? Social.

Es triste darse cuenta que si uno es pobre, pero proletario, es decir cotiza al seguro, irá a parar a uno de estos hospitales. No todo ha sido negativo, tengo que aclararlo antes que nada, porque en medio de toda la impotencia, el dolor y la desgracia que hay en estos hospitales, encontramos ángeles que nos ayudaron en estos días de tanta angustia. Maribel, Loli, Gloribel, Pedrito, Leo, María Luisa de Campos, por decir algunos nombres.

Mi abuela ingresó el día 23 de julio al Hospital General del Seguro Social, uno de sus hijos, había conseguido que el doctor Villalta Duque, jefe de la UCI nos ayudara a ingresarla rápidamente, es decir sin tener que esperar por horas que un médico nos prestara atención.

Pese al “conecte” nos llevó más de tres horas que por fin le dieran una cama –en máxima urgencia- y la examinaran.

La Unidad de Máxima Urgencia fue nuestro primer choque al llegar a ese hospital, no había médicos corriendo de un lado a otro como uno está acostumbrado a ver en las películas o en la serie de televisión ER, al contrario, eran unos cuantos médicos que hablaban a pausas y unas enfermeras tan serias que daba miedo hablarles.

Ahí pude ver a una mujer a quien le extraían agua de los pulmones, como si fuese un procedimiento de rutina, bajo las rotas sábanas había otra paciente- creo que era mujer- que sangraba, sin que nadie le prestara atención y en el cuarto contiguo, cubierto apenas por la mitad de una sucia cortina a un hombre lo estaban limpiando- o quizá operando- del pene.

Afuera habían afligidos familiares- igual que mi enorme familia- a los que nadie les prestaba atención.

El ingreso de mi abuela fue algo realmente novelesco, mi prima y yo nos fuimos en una ambulancia de esas de servicio pagado- que por cierto no recomiendo- creo que se llamaba Emergency Priority o algo asi, que dio más vueltas que un trompo para llegar al hospital, y cuyos pasajeros, un médico y alguien que hacía las veces de paramédico aunque creo que no tenia ni el más mínimo entrenamiento, se mostraron fríos y ajenos a su grave paciente. Tanto así que a mi abuela le dio nauseas y el médico estaba más preocupado que el supuesto “paramédico” se colocara guantes para atenderla a que ella misma recibiera asistencia, él ni siquiera se movió. Ningún momento la chequió ni atendió. Que coraje!!!

Una vez en el ISSS pasaron a mi abuela a una camilla y listo, nos vamos. Creo que mi tía le pagó más de 50 dólares al supuesto médico . Se fueron y mi abuela se quedó con un pedazo de sábana, ahí en el seguro nos pedían una sábana para ella que por supuesto no teníamos, ella tenía frío y náuseas y nosotros una profunda impotencia y una terrible angustia. Eran casi las ocho de la noche.

Ahí aparecieron Loly y Maribel, las ángeles de esa y otras noches, nos mujeres amigas de una amiga de mi amiga, ósea desconocidas para mí que persiguieron y persiguieron a un engreído doctor de Emergencias para que le prestara atención a mi abuela, mientras el “conecte” aparecía.

Más tarde, ellas lograrían conseguirle una colchita a mi abuelita y pasarían a verla para llamarme a media noche y contarme cómo se encontraba.
Casi a las nueve de la noche apareció el famoso “conecte” y finalmente mi abuela ingresó.- Hubo que esperar hasta la media noche, para conocer el primer sitio donde sería ingresada, la cama 43 del cuarto nivel, Maribel por supuesto sería quien nos daría ese dato.

La habitación era por demás horrible. El piso mugriento y pegajoso, la perrilla de la cama- para subirle el respaldo- no servía, las sábanas estaban rotas y las enfermeras de ese piso no prestaban ni la más mínima atención.

Yo fui la primera que la vi al día siguiente, estaba desnuda y tenía diarrea, pedí a la enfermera algo para cambiarla y me preguntó si había traído papel higiénico. Increíble no tenían ni papel para limpiarla.

Por fortuna mis tías y mi madre trajeron lo necesario para limpiarla y mi tío consiguió sacarla de ahí para llevarla a la UCIN donde permaneció una semana.

Ahí las cosas no eran del todo distintas, el doctor Mendoza que trabaja en la clínica empresarial de acá de la empresa, sugirió que ojalá saliera de ahí pronto, por el riesgo de infecciones que había ahí en intermedios.-

Cómo no haberlas, si las batas que cada persona se colocaba antes de entrar a ver a sus pacientes estaban tan sucias, curtidas y rotas que daba asco ponérselas. Además, adentro, aunque era un poco más limpio, había una mezcla de olores que por momentos daban náusea. Como sea ahí mi abuela logró recuperarse rápidamente, su hemoglobina subió de seis a nueve – lo ideal es 14- y recuperó sus niveles de potasio, sodio, etc.

A la semana estaba lista para salir de ese sitio, fue ahí donde le colocaron un catéter en la vena central para introducirle suero y todos los medicamentos y fue ahí también donde el famoso doctor Duque junto a un parco doctor Orellana le realizaran las famosas biopsias que permitieron confirmar- con dolor e impotencia- que efectivamente mi abuela estaba muy grave de cáncer.-

Salió el día 30, y pasó al séptimo nivel, la cama 57 creo, donde dicen que no era limpio ni aseado, pero duró ahí apenas medio día, luego fue trasladada siempre en ese nivel a la cama 37, donde pasó siete noches y ocho días.

En ese nivel pudimos descubrir más de cerca todas las carencias y problemas que tiene el ISSS, bueno, no todo, pero al menos algo salió a la luz.

Mi abuela fue colocada en la segunda cama del lado derecho, había en total tres a cada lado. Recuerdo bien a cada uno de los pacientes ahí internados. Al entrar al lado derecho en la cama 38, estaba Anita, una mujer morena que siempre respondía con amor pero que sufría mucho, víctima de una esclerosis múltiple y mamá de dos niñas, tenía paralizado el 80% de su cuerpo, además estaba ciega y no podía más que mover sus manos y su cabeza.

Frente a ella estuvo una señora que sólo vi una vez. A los dos días llegó Abelina, ocupó la cama 33, era una mujer regordeta de cabello blanco, que había sufrido dos embolias. Debía tener unos 60 o 70 años, pero en sus momentos de desesperación, cuando lloraba a mares, siempre llamaba a su mamá desconsolada, parecía una niña chiquita.

La mayoría de enfermeras la oían llorar con la más absoluta indiferencia, un día presencié como una la obligó a comer introduciéndole una gruesa jeringa en la boca, “maldita” le dijo Abelina, porque la dejó toda manchada de un líquido que parecía leche. La enfermera creyó que yo no la había visto, me pregunto que hubiera pensado la hija de Abelina si hubiese estado ahí ese día. Fue terrible, claro yo me hice la que no vi, porque según me recomendaron, si uno protesta, luego se desquitan con el paciente de uno.
Luego, estaba mi abuelita y junto a ella, en la cama 36, Marthita, una persona que parecía francamente un esqueleto,. Su historia era un caso grave de mala praxis, o al menos así lo parecía.

Ingresó según contaría su esposo, por un apendicitis, pero luego, quizá la anestesia, quizá el respirador. Nadie sabe con certeza, la hizo quedarse aislada en un cuarto, estuvo inconsciente por un mes y cuando salió era un vegetal.

Casi siempre estaba encorvada, en posición fetal, su piel estaba pegada a sus huesos, y lo que me mataba era la permanente angustia que se dibujaba en sus ojos. Tenía una traqueotomía, y cuando se alteraba emitía un sonido tan extraño y agudo que producía miedo.

Frente a ella, en la cama 35, estaba Silvita, una joven que no debía tener más de 40 años, nunca supe bien que tenía, pero padecía de movimientos involuntarios, estaba en extremo delgada y cuando se movía demasiado parecía que estaba convulsionando.

Era sin duda una mujer buena, porque a la hora de visita, había hasta una docena de personas junto a ella, todos sonreían pero tenían una mirada triste, creo que ella estaba realmente grave.

Yo vi a sus dos hijas, ambas adolescentes llorando en la salita de afuera. El esposo, era un hombre alto, fornido y con una peculiar limpieza en su rostro, creo que era limpio de adentro, ósea con un alma bonita, siempre le leía devocionales, le hablaba de la fecha en la que estábamos y se comía su comida haciéndole bromas, como si nada pasara.

Cuando la llevaba al baño se veía mucho más enorme, creo que porque ella –quizá por su enfermedad- además de flaca, se había empequeñecido-.

A su lado, en la cama 34, estaba la niña María de los Ángeles, niña Santos dijo ella, que me recordaba a mi bisabuela, tenía el cabello blanco como algodón, eran rizos enredados que en más de una ocasión traté de peinar sin éxito. Los primeros días sonreía mucho, pero los últimos tres días que estuve ahí la vi perder su alegría, creo que se estaba quedando ciega porque me pedía que le encendiera la luz, sus ojos perdieron el brillo, ya no sonreía y a veces cuando yo le conversaba parecía perdida.

Los últimos días llamaba constantemente a Iveth, luego supe que era su nieta. Una muchachita morena, seria y desganada que llegó a verla un par de veces y le dio de comer sin un atisbo de ternura, me dio una profunda tristeza, porque frente a ella, mi abuela estaba tan rodeada de amor que a algunos de mis parientes hasta les incomodaba. A mi abuela nunca le faltaron besos, ni abrazos, ni comidita caliente cuando logramos que autorizaran. Nunca le faltaron sus polvos maja, ni su cremita en los pies. La niña Santos en cambio, siempre estaba sola, tenía frío todo el tiempo y sin embargo a menudo se desnudaba desorientada.

Yo la besé algunas veces, igual que a Anita, a quien terminé regalándole el ventilador de mi abuela, desatando el enojo de más de alguno de mis parientes. Por cierto, fue un acto de humanidad, que hoy voy a resolver comprándole uno nuevo a mi abuela para evitar mas problemas.

En ese séptimo piso, las cosas no son nada sencillas, las enfermeras van y vienen y el trabajo es duro, los pacientes- al menos de ese cuarto – están francamente graves- vomitan, se hacen pupú a cada rato, hay que tomarles el azúcar, la presión, darles medicamentos y cambiarlos.

Debo decir que es una labor dura y que yo nunca podría convertirme en una enfermera, es demasiado sacrificado y doloroso. Sin embargo, no todas las que ya lo son tienen la vocación para serlo.

En el ISSS conocí por ejemplo a gente que merece un lugar en el cielo, como Pedrito un enfermero que se formó en plena guerra, que estudió hasta el noveno grado y luego hizo el bachillerato nocturno. Él me contó que la Guardia Nacional lo reclutó, y de cómo rehusó matar gente en sus primeras misiones.

Cuando le ordenaron que asesinara civiles y dijo NO! , la conclusión de sus superiores fue que no servía para militar pero sí como enfermero. Allá lo mandaron, aprendió en plena guerra, eligió curar y servir en lugar de asesinar.

Y lo hace con verdadero amor. Todos los pacientes lo conocen y lo esperan y uno no puede más que cerrar los ojos y pedirle a Dios que le bendiga toda su vida.

Fue él quien sentó por primera vez a mi abuela en una silla de ruedas, algo que para ella significó el paraíso, fue él quien le colocó un colchón de aire para evitar escaras, él quien nos enseñó a sentarla, él, quien llegó y le preguntó ¿cómo está? No por la rutina del trabajo sino con genuina preocupación, y no sólo a ella, se sabía los nombres de todos los pacientes y los atendía con peculiar cariño.

Él, es el único que puedo recordar como un enfermero con un lado humano, el resto, cumplían sus tareas, sé decir que algunas enfermeras fueron amables y le hacían bromas a mi abuela, llamándola por su nombre, pero la mayoría se limitaba a atender a los pacientes evitando un contacto más allá.

Se supone que este hospital es de lo mejorcito que hay, pero falta de todo, en la UCIN nunca hubo jabón para aplicarse antes de entrar a ver a los pacientes, las batas como dije daban asco, en medicina interna jamás hubo papel higiénico, nunca estuvo verdaderamente limpio, las batas de los pacientes estaban tan curtidas que hubiera sido mejor botarlas.

Las sábanas rotas, las mesas de noche oxidadas, las camas descompuestas, las sillas de ruedas igual y la comida, pues no sé si por orden médica o lo que sea, pero sólo bastaba verla para perder el apetito.

La noche del traslado desde el Hospital General hasta el Oncológico, fue otra aventura, el ingreso estaba listo desde las dos de la tarde pero se efectuó hasta las nueve de la noche, primero no había cama, luego faltaba ambulancia y al final no había camillero.

Mis dos tíos tuvieron que servir de camilleros porque nunca hubo alguien disponible, incluso yo, ayudé a trasladarla de la cama a la camilla, imagínese que algo hubiera pasado, que lío, porque se supone que gente entrenada debe hacerlo.

En el Hospital de Oncología, las cosas pintan de otra manera. Al salir del ascensor, nos encontramos a la señora María Luisa de Campos, la jefa de turno de enfermería. Ella se ganó el cielo, cuando angustiados llevamos a mi abuela hasta ahí ella nos recibió y nos sonrió como si fuese la recepcionista de un hotel, no dijo “Bienvenidos”, porque no era prudente, pero así nos sentimos. Nunca perdió la sonrisa y nos siguió hasta que mi abuela quedó perfectamente instalada, ordenó que cambiaran las sábanas, no había ninguna rota y todas estaban limpias.

Ella nos dijo que todo iba a salir bien, con una paz y una seguridad que nos fuimos a casa tranquilos. Fue ella quien nos consiguió un permiso para que le lleváramos desayuno al día siguiente y nos explicó todo sin perder su sonrisa.

Al día siguiente por la tarde, la trabajadora social también se portó de maravilla, nos permitió colar un ventilador para mi abuela sin tener que pasar por los burocráticos trámites que llevarían días, todo porque se usa “electricidad” del hospital.

Ricardo, el vigilante, tan estricto como un militar, siempre chequea que sólo entren dos personas, hoy casi me quita el permiso, sin embargo también es amable y creo de verdad, que solo hace su trabajo.

Ese hospital está pulcro, las enfermeras son amables, no todas sonríen pero si escuchan al paciente, responden sus dudas y tratan de resolverle sus problemas.

Por ejemplo hoy encontré sentada a mi abuela en una silla de ruedas, ella me contó que dos o tres enfermeras le habían ayudado, estaba tan feliz como cuando la sentaba Pedrito.

No sé si las han entrenado para tratar a los pacientes de forma distinta, pero la mayoría trabajan como si se tratase de familiares de ellos. Lo poco que he visto, me deja un dulce sabor de boca.

Por ejemplo la nutricionista, una mujer menuda y sumamente amable, pasa cama por cama, junto a las empleadas de cocina, vigilando lo que van a comer los pacientes y les platica llamándolos por su nombre.

Dele guineo a su abuelita, por el potasio, me dijo, mientras me entregaba uno. Mi abuela la llamó pidiéndole que le autorizara a sentarse y ella la escuchó amablemente, al final atendió su petición llamando a otras enfermeras para que le ayudaran.

Dicen que en el cuarto nivel, todos los empleados son buenos, porque ahí aplican quimioterapia, no sé si sea sólo en ese piso, o en todos los pisos, no sé si en todo el hospital se respira ese mismo aire, lo cierto es que ahí creo yo que han entendido que los pacientes están pasando por momentos durísimos con su enfermedad y tratándolos así aminoran un poco tanto dolor.